Los egipcios adoraban a los gatos porque los consideraban animales sagrados que encarnaban cualidades muy valoradas por su cultura: protección, elegancia, misterio y poder espiritual. Su devoción hacia los gatos iba mucho más allá de una simple admiración; estaba profundamente conectada con su religión, su mitología y su vida cotidiana.
Protección del hogar y los graneros
En un Egipto agrícola, los gatos eran fundamentales para mantener a raya a ratas, serpientes y otras plagas. Al proteger los almacenes de grano, los gatos se volvieron símbolos de seguridad y prosperidad. La población empezó a verlos como guardianes del hogar, y su presencia era considerada un buen augurio.
La diosa Bastet
Una de las principales razones religiosas por las que adoraban a los gatos era la diosa Bastet, representada como una mujer con cabeza de gato. Bastet era la diosa del hogar, la fertilidad, la música y la protección, pero también tenía un lado feroz cuando se trataba de proteger a su gente. Los gatos, al parecerse a ella por su comportamiento elegante pero también impredecible y salvaje, eran considerados sus encarnaciones terrenales.
Prohibido hacerles daño
Matar un gato, incluso por accidente, era considerado un crimen muy grave, castigado a veces con la muerte. Cuando un gato moría, la familia entera lo lloraba como a un miembro más, e incluso muchos gatos eran momificados para acompañar a sus dueños en la tumba. En excavaciones arqueológicas se han encontrado cientos de miles de gatos momificados, prueba del inmenso respeto que se les tenía.
Símbolo de poder y prestigio
Algunos gatos vivían en los templos, y otros eran mascotas de nobles y faraones. En ocasiones, incluso se los vestía con joyas y se les rendía tributo como a un dios menor. Tener un gato en casa no solo era protección: también era símbolo de estatus y conexión divina.












