Prohibir los videojuegos de un día para otro sería como apagar una parte esencial del mundo moderno. No hablamos solo de entretenimiento: hablamos de una industria multimillonaria, una cultura global, una vía de escape para millones de personas y hasta un motor de innovación tecnológica. Las consecuencias serían enormes, y no solo para los “gamers”.
A nivel social y emocional
Millones de personas que encuentran en los videojuegos un refugio para la ansiedad, la depresión o el estrés perderían un recurso clave para su bienestar. Para muchos, jugar no es solo ocio: es una forma de conexión social, una fuente de motivación, incluso una forma de terapia.
Sin videojuegos, perderíamos también una parte del lenguaje con el que se comunican millones de jóvenes (y no tan jóvenes) en todo el mundo. Los memes, las referencias, las comunidades online… desaparecerían o quedarían huérfanas.
A nivel económico
La industria de los videojuegos genera más dinero que el cine y la música juntos. Si se prohibieran, cientos de miles de personas perderían su empleo: desarrolladores, diseñadores, guionistas, testers, streamers, periodistas, influencers, técnicos de sonido, músicos… la lista es interminable.
Además, muchas empresas tecnológicas se verían afectadas. Consolas, tarjetas gráficas, procesadores, periféricos… gran parte de su desarrollo se debe al gaming.
A nivel tecnológico
Los videojuegos han impulsado innovaciones en inteligencia artificial, gráficos, motores físicos, interfaces de usuario, y hasta medicina y educación. Sin juegos, ese impulso se frenaría drásticamente.
Muchos simuladores de entrenamiento en campos como la aviación, la medicina o incluso la rehabilitación se basan en mecánicas de videojuego. Prohibirlos sería un paso atrás tecnológico.
A nivel cultural
Perderíamos una forma de arte contemporáneo. Hoy en día, muchos videojuegos cuentan historias tan profundas como las mejores novelas o películas. Se trata de una forma de narrativa interactiva única, que permite explorar emociones, dilemas morales, y mundos imaginarios como nunca antes.
Franquicias como The Last of Us, Zelda, Final Fantasy o Red Dead Redemption son más que juegos: son parte del imaginario colectivo de varias generaciones.












