Cómo se iluminaban las ciudades antes de la electricidad
Antes de que la bombilla de filamento llenara las calles de una luz blanca y constante, las ciudades lograban sobrevivir a la noche con una mezcla de fuego, aceite, cera, gas y mucha mano de obra. Lejos de ser un proceso uniforme, el alumbrado urbano fue evolucionando por etapas, con soluciones improvisadas y también inventos que cambiaron la vida nocturna tal y como la conocemos. Aquí tienes un paseo por cómo se iluminaban las ciudades antes de la electricidad, desde las hogueras comunitarias hasta los faroles de gas que transformaron los paseos nocturnos.
Hogueras, antorchas y el recurso más antiguo: el fuego
En las primeras ciudades, la forma más simple de alumbrado era el fuego: hogueras en plazas, antorchas para desplazarse y lámparas de aceite rudimentarias en el comercio y las viviendas. El fuego servía tanto para iluminar como para calentar y cocinar; no era barato ni limpio, pero era efectivo. Las grandes hogueras o piras servían también como puntos de referencia y como sistema de aviso en casos de peligro.
La edad de las mechas: lámparas de aceite y linternas
Las lámparas de aceite fueron una constante durante siglos. Funcionan con un depósito de combustible (aceite vegetal, grasa animal o aceite mineral) y una mecha que regula la combustión. Eran usadas tanto en el interior de las casas como en la vía pública, dentro de linternas de metal y vidrio para proteger la llama del viento.
En las ciudades europeas antiguas, los comerciantes colgaban linternas en sus fachadas y las casas disponían de pequeños faroles para el portal. Sin embargo, el consumo de aceite y el mantenimiento de mechas impedían que el alumbrado público fuese omnipresente: iluminar cada calle y rincón habría sido prohibitivamente caro.
Velas: del sebo a la calidad superior
Las velas fueron durante siglos el método más extendido para iluminar interiores. Las de sebo (grasa animal) eran baratas pero olían mal y humeaban; las de cera de abeja ofrecían mejor olor y menos humo, por lo que eran más apreciadas. En los siglos XVIII y XIX aparecieron las velas de espermaceti, extraídas del espermaceti del cachalote, que daban una luz más clara y quemaban más limpias, aunque su coste era mayor.
La dependencia de velas también condicionó la vida nocturna: salir a la calle después de oscuras suponía llevar una linterna o depender de la iluminación de tiendas y tabernas.
Innovaciones que cambiaron la luz: la lámpara Argand y los reflectores
Al final del siglo XVIII y comienzos del XIX surgieron mejoras técnicas que aumentaron la eficacia de las lámparas de aceite. Un ejemplo notable fue la lámpara de mecha cilíndrica con chimenea de cristal que permitía una llama más intensa y uniforme, y el uso de reflectores para dirigir la luz hacia la calle en lugar de desperdiciarla. Estas soluciones incrementaron la luminosidad con el mismo consumo de combustible, algo clave para el alumbrado público.
La llegada del gas: la primera revolución urbana
El verdadero cambio a gran escala llegó con el gas manufacturado a partir del carbón. El alumbrado público con gas empezó a extenderse en grandes núcleos urbanos durante los siglos XVIII y XIX. Las luminarias de gas ofrecían una luz más fuerte y constante que la de aceite y velas, y permitían iluminar largas avenidas y plazas.
La instalación del alumbrado de gas exigía la construcción de redes de tuberías y establecimientos de gas (gasómetros y gasworks), pero compensaba porque resultaba más eficaz y, en muchos casos, más barato que mantener miles de linternas de aceite. Las calles principales empezaron a transformarse: pasear de noche se convirtió en una experiencia distinta y se alargaron las vidas sociales nocturnas en las ciudades que adoptaron el sistema.
Keroseno y otros combustibles derivados del petróleo
Con la comercialización del petróleo a mediados del siglo XIX aparecieron combustibles líquidos más económicos y eficientes: el queroseno (parafina) se convirtió en un combustible habitual para lámparas domésticas y, en ocasiones, para alumbrado público y faroles. Las lámparas de parafina tenían la ventaja de producir menos hollín y de ser relativamente baratas, lo que ayudó a popularizar la iluminación en hogares de clase media.
Mantos incandescentes y otras mejoras de la luz
Hacia finales del siglo XIX, aparecieron desarrollos como los mantos metálicos incandescentes aplicados al gas o a las lámparas de petróleo, que aumentaban considerablemente la luminosidad con la misma cantidad de gas o combustible. Estas mejoras fueron parte de una continua búsqueda de más luz, más blanca y más estable, hasta que la electricidad ofreció una alternativa más limpia y manejable.
La logística detrás del brillo: lampareros, vigilantes y tarifas municipales
Antes de la automatización, alumbrar una ciudad era una tarea manual. Los lampareros recorrían las calles cada tarde para encender faroles y cada mañana para apagarlos; usaban largas pértigas con mechas o un pequeño soplete para el gas. En muchas ciudades existían horarios y normas municipales: solo las calles principales y las plazas solían estar iluminadas, y se cobraban tasas por la instalación y el mantenimiento del alumbrado.
Además existían los vigilantes nocturnos, cuya tarea no solo era mantener el orden, sino también detectar farolas apagadas o peligros como incendios. La iluminación pública estaba, por tanto, íntimamente ligada a la organización urbana y a los servicios municipales.
Problemas, riesgos y limitaciones
El alumbrado preeléctrico no estaba exento de inconvenientes. El riesgo de incendio era real: faroles de aceite mal mantenidos, linternas volátiles y chimeneas abiertas podían provocar incendios. El humo y el hollín eran molestos, sobre todo en interiores; además, la calidad de la luz no permitía la misma visión que la que hoy damos por descontada.
Tampoco era un asunto democrático: por motivos de coste, muchas zonas residenciales y barrios populares quedaban en penumbra, lo que afectaba la seguridad y el comercio nocturno.
Imágenes culturales y memoria urbana
El lamplighter —el que encendía las farolas— se convirtió en figura romántica en la literatura y la iconografía urbana: su silueta recorriendo las calles, con su pértiga y su lámpara, forma parte de la memoria colectiva de muchas ciudades. Las transformaciones del alumbrado cambiaron hábitos: los paseos nocturnos, la apertura más larga de comercios y el ocio en la calle se expandieron con el gas y luego con el queroseno, hasta que la electricidad ofreció una luz más uniforme y menos peligrosa.
¿Por qué se tardó tanto en iluminar todas las calles?
Iluminar toda una ciudad era caro y complejo: requería combustible, mantenimiento y una red de suministro. Antes del gas y del petróleo barato, la mejor solución era concentrar la luz en plazas, vías de tránsito y zonas comerciales. Además, había limitaciones técnicas y logísticas: instalar farolas en cada esquina implicaba una inversión y un coste de operación continuos que muchas administraciones no podían asumir.
¿El gas se utilizó en todas partes?
No. El gas fue implantándose de manera desigual: primero en grandes ciudades industriales y centros comerciales donde la inversión se justificaba, y después en otras localidades. En zonas rurales y pueblos pequeños siguieron predominando linternas, velas y lámparas de aceite durante más tiempo.
¿Cómo afectó la iluminación al ocio nocturno?
La mejora del alumbrado permitió alargar la vida pública: comercios abiertos más tarde, paseos nocturnos más seguros y mayor actividad social en la calle. El paso del aceite y las velas al gas fue clave para el nacimiento de una vida urbana nocturna moderna en las grandes ciudades.
¿Qué sucedió con los faroleros cuando llegó la electricidad?
Con el despliegue de la electricidad muchas tareas manuales desaparecieron o se transformaron: la figura del lamparero fue quedando obsoleta, aunque algunos trabajadores y servicios se reconvirtieron en el mantenimiento de las nuevas redes eléctricas y puntos de luz. La transición no fue inmediata; durante décadas coexistieron sistemas de alumbrado distintos en una misma ciudad.
¿Alguna curiosidad final?
Un detalle curioso es que muchas de las soluciones antiguas perduran en el lenguaje y en la estética urbana: las palabras «farola», «linterna» o «farolero» siguen presentes, y en algunos barrios históricos se conservan faroles antiguos como elemento decorativo que recuerda cómo se vivía la noche antes de la electricidad.



