Cómo se calentaban las casas antes del gas
Antes de que el gas llegase a las ciudades y los radiadores eléctricos se convirtieran en algo cotidiano, calentar una casa era un oficio de paciencia, saber popular y un poco de ingenio. Lo que hoy nos parece obvio —dar al botón y que la habitación tenga 21 grados— requería antes fuego, trabajo y rutinas que marcaban la vida cotidiana. Aquí tienes un recorrido por los métodos más habituales, los trucos domésticos y las costumbres que mantenían calientes a abuelos y abuelas durante las estaciones frías.
Herencias antiguas: del hipocausto romano al hogar medieval
La historia del confort térmico no comienza en la Edad Moderna. En la Península Ibérica hubo villas romanas con sistemas de hipocausto —suelos elevados y cámaras por donde circulaba aire caliente para calentar estancias y baños—, una solución que hoy nos sorprendería por su sofisticación. Con la caída del Imperio y durante la Edad Media, la calefacción volvió a ser más simple: hogueras centrales en las cocinas y chimeneas primitivas en los lugares con más recursos.
La chimenea y el fogón: el centro del hogar
Durante siglos la chimenea fue el elemento estrella. En las casas rurales y en los caseríos, la cocina-hogar era el corazón: alrededor se cocinaba, se secaban la ropa y se reunía la familia para compartir calor. En las casas urbanas, las chimeneas evolucionaron hacia diseños más cerrados y eficientes, pero seguían consumiendo leña o carbón.
El fogón o la «cocina económica» era otro invento clave: un aparato de hierro fundido que permitía cocinar y, al mismo tiempo, radiar calor a las estancias contiguas. En muchos hogares modestos la cocina económica era la principal fuente de calefacción durante el día y parte de la noche.
Braseros, mesa camilla y otros dispositivos de proximidad
Cuando no era práctico o posible calentar toda la casa, la solución fue calentar a las personas. El brasero —una caja metálica o de barro con brasas— se colocaba en el centro de la vida doméstica. En España la mesa camilla es un clásico que aún despierta nostalgia: una pequeña mesa circular con un brasero en el interior y un faldón textil que atrapaba el calor. La gente se sentaba alrededor con las piernas bajo la mesa y la manta, logrando una sensación confortable con muy poco combustible.
Otros accesorios habituales eran el calientacamas —un recipiente metálico con brasas que se introducía en la cama para calentar las sábanas— y las botellas o bolsitas con agua caliente para los pies. Eran soluciones focales, económicas y eficaces a corto plazo.
Carbón, leña y combustibles locales
El tipo de combustible dependía de la geografía y de la disponibilidad. En zonas forestales se quemaba leña; en regiones con minería de hulla como Asturias y León el carbón fue el rey desde que su extracción se desarrolló. En áreas con turberas, la turba se usó históricamente como combustible. En territorios olivareros se aprovechaban los restos de la aceituna y otros subproductos agrícolas como combustible cuando era posible. La elección del combustible marcaba la intensidad del calor, el coste y el trabajo necesario para conseguirlo.
Estufas y calderas: la calefacción “central” antes del gas
A partir de la industrialización y sobre todo en las casas más acomodadas, apareció la calefacción central basada en calderas que quemaban carbón o leña y distribuían calor mediante radiadores o conductos. No era lo mismo que el gas moderno, pero permitía mantener templadas varias estancias. En edificios públicos y viviendas burguesas también se emplearon sistemas de vapor o agua caliente. Eran soluciones más eficientes pero costosas; por eso la mayor parte de la población siguió dependiendo de chimeneas, braseros y cocinas económicas.
Trucos para conservar el calor (y el bolsillo)
Calentar con leña o carbón era caro y trabajoso, así que se desarrollaron muchas prácticas para no desperdiciar calor:
- Cerrar las estancias: durante la noche muchas familias reducían el espacio habitable a una o dos habitaciones para concentrar el calor.
- Textiles como cortinas, alfombras, tapices y colchas gruesas que servían de aislamiento y cortaban corrientes.
- Tabiques móviles o biombos para separar el espacio y evitar pérdidas.
- Uso de ropa de cama abrigada y varias capas de ropa en casa: no era raro ver camisones, chalecos y mantas como uniforme doméstico invernal.
- Tapar rendijas en puertas y ventanas con paños; las ventanas eran sencillas, y los cristales (cuando los había) no aislaban casi nada.
Peligros y rutinas: chimeneas, hollín y antracosis
Calentar con combustibles sólidos conllevaba riesgos. El hollín acumulado en chimeneas podía provocar incendios si no se limpiaba; por eso la figura del deshollinador fue imprescindible en las ciudades. Además, la inhalación de humos o la intoxicación por monóxido de carbono eran peligros reales en viviendas mal ventiladas, sobre todo cuando se usaban braseros en espacios cerrados.
Las rutinas para evitar problemas incluían mantener una ventilación mínima, usar chimeneas con tiro adecuado y revisar las estufas y calderas. Aun así, los accidentes domésticos por fuego o intoxicación eran una causa notable de siniestros en épocas pasadas.
Costumbres regionales con sabor propio
En el norte peninsular la lareira gallega o el hogar de piedra del caserío vasco y navarro eran formas tradicionales que integraban la cocina y la calefacción. En el interior, las estufas de leña y más tarde las de carbón dominaban. En las grandes ciudades, la llegada del carbón mineral y las calderas cambió la cosa: era más fácil mantener edificios públicos y algunas viviendas con un calor más uniforme.
La transición hacia el gas y más allá
Con la llegada del gas manufacturado primero y, más tarde, del gas natural, muchas de estas prácticas se fueron abandonando por comodidad y seguridad. El gas permitió un control del calor más preciso, menos trabajo manual y una reducción de humos en el hogar. Sin embargo, varias costumbres —como la mesa camilla o el uso de braseros para encuentros informales— permanecieron en la memoria colectiva y en ocasiones en la práctica.
¿Qué queda hoy de aquellos métodos?
Muchos de los artefactos tradicionales se han convertido en objetos nostálgicos o decorativos. Algunas estufas de leña modernas y cocinas de hierro recuperan el espíritu de las soluciones antiguas pero con mayor eficiencia y control de emisiones. Las prácticas de ahorro térmico siguen: usar cortinas gruesas, concentrar el calor en las habitaciones que se usan o emplear mantas siguen siendo recursos útiles cuando sube el precio de la energía.
¿Era caro calentarse antes del gas?
Depende del contexto. El coste real combinaba la compra del combustible y el trabajo de prepararlo (cortar leña, transportar carbón). En zonas con abundancia de madera o residuos agrícolas, el coste económico podía ser menor, pero siempre había un coste en tiempo y trabajo. En las ciudades, donde el carbón tenía que comprarse, el gasto podía ser significativo para una familia modesta.
Preguntas frecuentes
¿Qué es exactamente una mesa camilla?
La mesa camilla es una mesa baja y redonda que contiene un brasero en su interior y va cubierta con un mantel largo que llega hasta el suelo. La gente se sienta alrededor con las piernas bajo la mesa y el mantel, obteniendo así un espacio cálido y acogedor con un consumo de combustible muy moderado.
¿Cómo se calentaban las camas antes de los radiadores eléctricos?
Se empleaban calientacamas metalicos o planchas calientes con brasas que se introducían en la cama un rato antes de acostarse. También se usaban piedras o ladrillos calentados en la chimenea que se envolvían y se colocaban entre las sábanas. Eran soluciones eficaces a corto plazo.
¿Por qué el carbón sustituyó a la leña en muchas zonas?
El carbón ofrecía más densidad energética: quemaba durante más tiempo y producía más calor por volumen que la mayoría de maderas. Su uso se extendió especialmente con el desarrollo de la minería y el transporte ferroviario, lo que hizo que fuese más accesible para las ciudades.
¿Eran habituales los incendios domésticos por culpa de la calefacción?
Sí. Las chispas, el mal mantenimiento de chimeneas y el uso de braseros o calientacamas con brasas podían provocar incendios. Por eso la limpieza de chimeneas y las precauciones al manipular brasas eran prácticas esenciales en muchos hogares.
¿Se usan hoy en día algunos de estos métodos por tradición?
Sí. Aunque la mayoría de hogares modernos usan gas, electricidad o combustibles más limpios, algunas familias conservan tradiciones como la mesa camilla, estufas de leña y cocinas económicas, sobre todo por razones de ambiente, nostalgia o por querer un suplemento de calor en épocas concretas.



